Vivimos un presente en el que distinguimos en las personas profundos deseos de bien-estar, alegría y armonía, a la vez que mucho sufrimiento: frustración, resentimiento, resignación.

¿Cómo lo explicamos?
Atravesados por un vivir humano centrado en la omnipotencia, en la búsqueda del éxito y el poder, caemos en la autoexplotación; hablamos del amor pero lo negamos sistemáticamente en nuestras formas de vivir y convivir, de trabajar, de educar.

A pesar de la resistencia en algunos ámbitos, viene resultando esperanzador el emerger de una ética que, conciente de las consecuencias de nuestro hacer a nivel individual, colectivo y planetario, aspira a generar y conservar el vivir humano en el bien-estar y en armonía con otros seres vivos desde el respeto a la legitimidad de su existencia. No se trata de un nuevo marco de valores. La biología avala que el linaje humano haya surgido en un grupo de primates bípedos del género Homo hará unos tres millones de años al constituirse la familia ancestral como un espacio de convivencia en el bien-estar, el placer de la compañía, la cercanía corporal, la caricia y la ternura. Desde esa perspectiva, los seres humanos resultamos seres biológicamente amorosos. El amor, como aceptación del otro como autónomo y legítimo, es constitutivo de lo humano.

La emergencia de esta nueva conciencia ética nos inspira a la creación de vínculos en los que la legitimación habilita el placer en el coordinar de haceres, pensares y emociones, vínculos en los que el compromiso y la creatividad se expanden espontáneamente como parte del diario vivir.

El quehacer empresarial tan significativo en las sociedades actuales es también expresión del fenómeno observado. Al indagar en dicha actividad distinguimos el apego al poder y el apego al lucro, como fenómenos preponderantes en la raíz del sufrimiento en todos los niveles.

 

Si bien el modelo vigente funcionó y puede aparentar seguir funcionando un cierto tiempo, ¿quiénes de los que convivimos cotidianamente en nuestras organizaciones no han tomado contacto con el resentimiento y el desgano que se respira, y hasta se han contagiado de ellos?

Los seres humanos florecemos en el pensar, en el reflexionar, en el tener la posibilidad de cambiar de opinión, en el participar en lo que hacemos, en el habilitarnos el error como oportunidad de aprendizaje. A los seres humanos nos importa ser vistos y escuchados como seres inteligentes y creativos, ¿cuánto los contextos empresariales de nuestro tiempo propician esas emocionalidades?

Estamos presenciando el fin del liderazgo tal como lo conocemos, el modelo de las asimetrías se va agotando, estamos necesitando inspirarnos y la invitación es a hacerlo desde nuestras propias raíces; ahí la fuerza y el empuje transformadores.

La era de la co.inspiración se anuncia como el emergente de un vivir y convivir en el arte y ciencia del escuchar-nos, del ver-nos, del legitimar-nos, del darnos cuenta que nuestros saberes son solamente instrumentos para el hacer compartido, del comprender que construímos mundos y posibilidades en el entramado de conversaciones que generamos. Contribuir a ese emerger nos demandará una conciencia ética que contribuya a co crear un mundo acogedor para todos los seres humanos y los seres vivos en general.

Empecemos por nuestro entorno más cercano.