Aprendimos a adjudicar a las emociones el calificativo de buenas o malas, negativas o positivas. Así la tristeza es mala y la alegría buena o, el miedo es malo y el entusiasmo bueno. Esta polarización poco y nada sirve a nuestra salud emocional. Más bien todo lo contrario.

Las emociones no son ni buenas ni malas. Son como la luz roja del tablero del auto, nos indican que hay algo a lo que prestarle atención. Comprender su mensaje es un recurso invalorable para ganar efectividad y BienEstar.

Hablemos de la culpa.
Cada uno de nosotros ha crecido en un cierto entorno familiar, social y escolar en el que se fue gestando un “código interno”, un conjunto de normas sobre lo que una persona debe/no debe hacer. Aunque no somos conscientes de él todo el tiempo, es probable que lo que traigo cobre para vos, sentido y puedas, en la experiencia y en la reflexión, ir develando tu propio código.
¿Cómo juega la culpa en relación a este código?
La culpa es una señal. Como toda emoción, la culpa trae un mensaje: “Has transgredido tu código interno”.
En algunas situaciones - desde llevarnos por delante una persona hasta no poder devolver un préstamo que nos hizo un amigo o separarnos - más o menos rápidamente, tomamos acciones para reparar lo que sea que requiera nuestra intervención, restableciéndose así la tranquilidad perdida. En tales situaciones, diremos que la culpa fue posibilitante, fue la señal que nos permitió responder a la situación según nuestras inquietudes y valores.

Siguiendo con el ejemplo de no poder pagar en el tiempo previsto mi préstamo, si ante la misma señal, el mismo malestar, no abro conversación alguna con mi amigo y no pago, es probable que, según mi propio “código interno”, termine enroscándome en pensamientos de autocastigo y descalificación. Es la culpa que limita. Es la culpa que no conduce a resolución alguna sino que por el contrario profundiza y agrava la situación, genera malestar, agobio y un profundo sufrimiento que nos tortura día y noche.

 

Las características torturadoras ¿son inherentes a la culpa?
No, la culpa es solo una señal. Lo torturador vive en la forma en la que la experimentamos.
Y esto es una buena noticia. Así como entramos, podemos salir. ¿Cómo? ¿Por dónde?
Por el mismo lugar por donde entramos: nuestro “código interno”. Preguntémonos ¿cuál es la pauta que estoy transgrediendo?

Habrá veces en las que nos encontremos con normas con las que en la actualidad estemos en desacuerdo. Por ejemplo (y para algunas personas, recordemos que el código es propio): el matrimonio es para siempre. Cuando esto ocurre el darnos cuenta ya nos aliviana.

Algunas otras veces y siguiendo con nuestro ejemplo quizás nos encontremos con normas del estilo: Una persona de bien cumple con lo que promete.
No se trata de quitarle legitimidad a la norma sino de flexibilizarla y contextualizarla:. Una persona de bien honra sus compromisos, abriendo conversaciones que se hagan cargo de las inquietudes / importares compartidos.

Desarticular la culpa que tortura y responder a su mensaje en pos de nuestra salud emocional, es un trabajo no solo de reflexión.

El escenario en el que se despliegan las emociones es el propio cuerpo y como tal no es ajeno al fenómeno emocional. ¿Qué dirías que tu corporalidad - tono de voz, gestos, posturas, respiración- cuando estás alegre respecto de cuando estás triste o atrapado por la culpa? ¿Qué diferencias distinguís?
Movernos de la culpa que tortura a la culpa que repara requiere no solo reelegir la norma transgredida o flexibilizarla. La flexibilidad hacia la norma requiere flexibilidad también desde lo corporal. La rigidez no está en la norma sino en la coherencia de cuerpo, emoción y palabras en la que habitamos cuando estamos tomados por la emoción.